Los sueños
Sebastian Amador Ospina
2 de febrero de 2026
A.S. : Me sacaron, a clamor y zapatazos, no me querían, yo te lo admito. Por eso volví aquí. Por lo menos eso siempre me quedará: los sueños… Ahí van los pasillos helados, los escalones como las cimas inhumanas al final del mundo, una mesada sin usar, todo desparramado. Tropezó hasta caer sobre las sábanas. Hasta caer en el estupor de los augurios y las adivinanzas. Creían que se dejaría en un duerme, para no decirse nada más, no sabe que en los sueños todo lo que se hace es hablar, se había quedado dormido…
Y desperté, pero recordaba nada, nada. Había demasiado aire en el mundo, y se hacía sentir con demasiada fuerza. Había quedado dormido… Pero la tiniebla era como un manto cargado de viejos secretos apenas en la punta de la lengua, y de nuevo colgaban de esa presencia esquiva que llamamos la luna, que me llamaba —ahí yo con la cabeza sobre mi saco agujereado, con la mirada cansada, pero ese calor helado, con ese calor helado, encontrando una y otra vez ese lugar tan lejano adonde van las inscripciones borrosas, la luna a cuestas lleva su brillo palido, y tambien lo esconde, o lo mide, lo pone en juego, me lo permite, lo ofrece, pero a medida que le seguia el rastro, sin necesidad de pensamientos, solo entonces si no es entonces, sobre ese campo quietisimo, porque los insectos no cantaban, y el rocío, ante esa madrugada a la vez proxima e imposible, el rocío, marcando la anticipación que se revolcaba en el abrazo de la gran humedad, el rocío no caía de la hoja, simplemente recibía el tierno resplandor de esa luna solitaria, porque no habían estrellas, solo entonces si no es entonces, el resplandor blanco arriba lento empezó a crecer: ya no era un punto, y creo que nunca fue un punto, sino una apertura, ancha y de dos extremos —como la semilla, esa figura sin nombre, todavía permitiendo al negarla, la luz, ante esa luz proxima e imposible, que de ahí siempre se toma prestada, suspendida y suspendido todo, entre el cielo y la tierra, como cuando se da un paso que no se da, y solo entonces, si no es entonces, desperté.
No sé cuánto tiempo pasó. Pero, ¿qué tiene que ver el ritmo del tambor con el tiempo? Bueno, esa es una de las preguntas del sueño… Y ya andaba por la universidad, intentando acabar con un libro, cuando de repente fue como si hubiese un cambio en los alrededores. Como si las flores se hubieran vuelto extranjeras. Y cuando las miraba de cerca, encontraba ahí formas y colores que ni siquiera pensaba posibles. Hasta la maleza era nueva. Aunque estaba desmedida. Una placa leía: “obra del cosechador—” …Y la conmoción casi me lleva a soltar las lágrimas al entender que una persona había preparado esta tierra para que creciera lo que jamás había crecido. Pero no me lograba creer el nombre. Era tocayo de la persona menos probable. No tenía sentido. No le encontraba el chiste, no sabía dónde buscar.
El chiste va por la propia cuenta; aun la risa más conocedora tiene algo de sorpresa.
No lo encontré, tan rápido que me sequé estos ojos húmedos. La misma apareció, como por la invocación. Encontrado yo. Tenía la expresión de siempre, nerviosa, vaciada, como rozando la superficie de su entorno en una fuga sin razón ni descanso. Yo le pregunté, “¿qué te pasa?…” Y me dijo, ayer encontré un escarabajo volteado por aquí. Pero no me atreví a acercarme. Temía que me estuviese engañando, o que no estuviera del todo muerto.
“¿Y por qué?” Es-cara-bajo. Nunca se me hubiese ocurrido eso. Por eso retuve mi verdadera pregunta: ¿por qué no te encargas, haces algo grande de este campo? Otra se me adelantó.
¿Por qué no te lo puedo perdonar? Y otra se me adelantó. ¿Por qué tiene que ser una moraleja? Y una voz jocosa propuso: la moraleja más misteriosa; siempre hay una moraleja.
Moraba la leja en la lejana mora, Ca, lejaba la moja en la mojana lera, Re, la enla, en la, Ca, la en, ala moraba la leja en la lejana mora, Re
No te lo podemos perdonar, que no hagas algo grande de tu tierra, ¿y porqué?
Creemos que las plantas giran hacía el sol; solo están buscando su lugar en la luz.
Desperté. Las sábanas se me habían pegado a la piel. Seca, seca la garganta. Torcido, me torcía más para revisar la hora, pero no podía leer los numeros, Barraza 305 989 90 61 Colombia 01573 0 310 Clinico Wxt. 34210 10 194 E y P Massachusetts #2 1 617 670 3854 122 Ma 02335 Apto 12 Cel. P 1 588 321 3609 E 1 588 3087 Lina M. 1 760 638323 3761
Greenhill Lina M. zdoe.L12.ca.us Pasaporte Feb 2006 —22 Feb 2011 Dice última página, “pero si lo mejor que sabes no podrás revelarselo a los muchachos.” Desperté.
Las hormigas marchan hacia ninguna parte por la ravina honda que dejaron esas montañas gemelas, y por la que baja una quebrada floja que quiere volver a ser nieve, con lo helada que se pone bajo los árboles torcidos que abrazan riscos en suspensiones imposibles, tan pequeñas que se hacen las hormigas marchando hacia ninguna parte, cada una que se podría contar 01573 0 310 1 760 638323 3761, ¿cuando se decidió que iban a ser tan pequeñas? Solo sería si las fueras a separar de la montaña. ¿Y cuando se decidió que iba a ser tan grande? Solo sería si la fueras a separar de las hormigas. Y la separación es como la ravina honda por la que baja la quebrada floja. Yo era una de las hormiguitas marchando hacia ninguna parte. Pero me dio tanto vértigo con esos árboles colgando y meciendo, caí en el agua fría. Desperté
Las sábanas húmedas se aferraban a mi cuerpo con tal de que yo no me parará, ¿a hacer qué? Desperté.
Ahora sentía nada, nada. Negrura en cualquier dirección. Solo mi estar flotando. Flotaba, o me hundía. Esperaba. Esperaba. Y así sin más, la voz templada de un gran maestro me dijo: ‘Decir’ es parir; ‘Decir’ está pariendo. Y desperté.
Sentado en alguna parte, afuera de la clase, sobre la grama, con la mirada en el suelo. Y ahí había una hoja que no quería soltar su gota de rocío. Un pésimo maestro me está dando explicaciones… Me da hasta pena. Dice que el sueño presta de material reprimido. Pero lo que no se puede reprimir, es despertar; está despertando. Desperté.
Ya no revisaba la hora, y de alguna manera me había librado de las sabanas. Estaba en frente de la puerta de mi habitación, con la mano en el pomo, haciendo el ademán que debía abrir esa puerta como toda la vida la había abierto, pero que justo esta vez fallaba en últimas, fallaba en últimas, como en una repetición que viene no sé de dónde, y el umbral ya no era lo que siempre, sino desconocido. ¿Sonámbulo? Me duele la cabeza. Desperté.
A.S. : ¡Volando! Las lágrimas sucias caen como el relámpago y yo vuelo, no miento, cuando hablo de mugre, que corre donde fundan estas ciudades nobles sobre los campos los campos “desacres” y el concreto que se funde al suelo, cuando te digo que estas voces del abierto me ruegan con el mundo dejarme de tantos lamentos, ¿no miento?
S.A. : No, sino que te engaño. Desde la seguridad de mi ante-cámara quizás hasta llegue a ensoñar alguna catástrofe. ¿Será que creí que era lo que me faltaba? Considerando las circunstancias, me suena a puras excusas. Este submarino sólo cursa las superficies cuando se le llama, y es una ocasión especial. Cuando pasé por ahí, poco alcanze a ver. Pero al menos puedo confesarte lo que yo mismo atestigue: no hay una peor tragedia que Cartagena misma.
A.S. : Y solo lo mejor, (me informan los cuadernos que cuidan de sus números cualquiera), solo lo mejor, no he de revelarlo. Quizás por eso mudo, fijandome en la gracia violeta, me duele la cabeza, que se denigraba tras los ojos de buey de este viejo submarino, y yo agredía contra las esquinas olvidadas de cajones madera y pomo bronce, arañaba las bóvedas ocultas de —me creía perdido— invalido, cuantas miserias cuando me fijaba en esa extraña gracia violeta, se me cierra la garganta, ¡en fin! Se estremece mi labio —y el nudillo que lanzó tras las pocas esperanzas en el fondo del abismo que dispone este pequeño escritorio, ¡acierta! Murmullos, un golpe seco, es un tesoro enllavado, la cámara, y lascivo me aferro con firmeza, trabo mis dedos, sufro con la antelación —empuñó el arma— apuntó urgente contra el paraíso perdido en poco menos que el instante… Lo cegó la centella. Y hasta llegué a entrever la cinta en blanco que me mostró la vieja máquina, pero desperté.
Dándole media vuelta al pomo, y dándole la media vuelta al pomo, me alcancé a preguntar cuándo fue que me quedé dormido…
Pero no podía ni siquiera empezar a pensarlo. Cada vez que elegía ese momento en el que me debí de haber quedado dormido, era claro que había elegido uno de más adelantado, o atrasado, y que era posible, pero una posibilidad tan certera, que me había quedado dormido un poco antes, un poco después, hasta que ya había llegado al momento en que desperté.
S.A. : Ca, despropioni—so Re, cidopropilo—lu Ca, latrimetilamina—ci Re, propiteno—on.
¿Más allá del ombligo habrá una cicatriz que te pueda librar de la familia?
¿Cómo comer lo que escribo? Esa debe ser la pregunta del escritor. Algunos le dicen, vive de eso, hazlo un trabajo. Pero no entienden, comer es mucho más que un lujo, o una necesidad. Yo me escondía bajo la sombra de esas nubes tan bajas… cada uno tenía un cuerpo casi de arcilla, y de cualquier color fuerte. Corrían sin descanso buscando animalitos para comer, y los comían con gusto, de un bocado, estos humanos. Lo que tomaba su tiempo en realidad era el sacrificio. No se podía comer solo. Había que reunir a suficientes para ofrecerles algo del animalito, y de ahí cada uno practicaba la reunión diferente. Quizaś por este esfuerzo era un hecho medio guardado que estos humanos querían comerse los unos a los otros, pero ni lo admitían ni lo lograban del todo. A veces intercambiaban hijos, y eso les era suficiente… ¿De dónde venía su afán? Era como si el comer siempre se adelantará a la comida, o siempre se le demorara, el comer no llegaba coincidir con la comida, entonces nunca se dejaba de comer. Caos. Corrían y corrían, y era un rastro enredado de colores borrosos. Un arcoiris. Y mientras más comían, más grandes se hacían, y yo ya sospechaba, hasta se decía, que partiendo entre las nubes bajas habían dos pies morados que nunca andaban, y que implicaban al humano más grande de todos, con la cabeza al final del cielo. ¿En qué pensaba? ¿Qué comía? Nunca lo supimos. De un momento a otro el más grande apartó las nubes bajas con un gesto delicado. Llevaba como una nostalgia encima. Entonces de un bocado se comió a sí mismo, sacrificó el sacrificio. Sabíamos que ya no habría tanta corredera. Desperté.
¿Pero cómo pude haber despertado si en ningún momento quedé dormido? Es que en realidad solo recuerdo lo que sucede después o antes de despertar. Y así la puerta tan a oscuras no cedía y no cedía, ya me alcanzaba a asustar, ¿qué me poseía? Pero era como si justo cuando iba a dejar el esfuerzo, despertara.
La virgen María debajo traía unas telas en las que nunca la habían visto… Y no estaba parada sobre los brazos de un ángel, sino sobre la luna menguante. Se habrá aparecido porqué el monte gozaba de un amanecer más lento, más delicado. Pero esas telas… solo una palabra acudía a mí, greca. Y ese era el patrón que llevaban enrollado en un despliegue hipnotizante. Greca, nunca lo había escuchado. La palabra se sentía como una semilla, quizás una semilla profunda en la tierra tal que imperceptible: como los ciclos de la vida y la muerte. Pero, ¿por qué llevas esas telas? No me respondía.
La pregunta resuena con cada mañana que surge tan lento, con la ternura indiferente del amanecer, ¿y hoy qué irá a vestir la virgen María? La ropa que le preparó el artesano…
Por qué aun si no es su ropa, algo tiene que hacerse.